El avión era de una compañía rusa, con dos plantas y muchas azafatas con un simbólico nivel de inglés que nos prevenía del contexto lingüístico que nos esperaba. Durante el vuelo, Kira me record aquella recepción en la Embajada de España en Nueva York donde surgió la posibilidad de ir a Moscú.

Llegamos con cierto retraso. Las maletas fueron saliendo a la media hora. Jose Antonio había conocido a unas rusas por internet que habían alquilado un minibús para transportarnos a la residencia. La maleta de Oier no apareció. Unas chicas rusas que conocimos en el avión nos indicaron que había que rellenar un
formulario para que la mandaran si aparecía. César y Pedro se quedaron con Oier para realizar los trámites y yo salí para encontrarme con los otros.

Una chica rusa nos acompañó a la salida del aeropuerto. En un par de segundos nos encontramos en una especie de aparcamiento con todas las maletas, miles de rusos andando hacia todas partes y una lluvia intensa. La chica rusa nos indicó que el minibus nos esperaba desde hacía una hora y que el conductor estaba enfadado. Lo encontramos en una autovía cercana y nos dirigimos hacía la residencia. El viaje duró más de media hora entre un espeso bosque hasta el centro de Moscú.

La residencia es un edificio oscuro, por dentro y por fuera. Una señora muy grande comienza a hablarnos en ruso. Nadie entiende nada. Nos hace firmar unos papeles en ruso. Habla durante más de quince minutos sobre cosas que suponemos son de la residencia. Al rato nos indicacomo llegar a las habitaciones. Los pasillos tienen peor pinta que laentrada. Y las habitaciones peor pinta que los pasillos. De tamaño están bien pero la última reforma debió hacerseantes de Gorbachov. Hay un baño a compartir cada dos habitaciones. La cocina común para el pasillo. Kira se queja a

la señora enorme que su cama está llena de manchas. La
señora se rie.

Cerca de la una, Oier y el resto llegan del aeropuerto. Han estado a punto de perder el último tren. Pero una de las chicas rusas que Jose Antonio conoció por internet les acompañó hasta la
residencia.

Sobre las 2 de la mañana nos vamos a dormir. El sistema de calefacción de la residencia es bueno, duermo sin mantas.

La plaza roja es más pequeña de lo que creía. La catedral de San Basilio impresiona. Entre el Kremlin, San Basilio y el Mausoleo de Lenin hay un centro comercial de varias plantas y todo tipo de tiendas. Andamos hasta la plaza de la revolución, hacía frío y
decidimos ir a comer algo. Otro centro comercial de tres plantas
subterráneo a lo largo de la plaza con todas las tiendas y
cadenas de restaurantes occidentales conviven en el subsuelo del
Kremlin.

José Antonio se lamentaba de tal demostración de consumismo en lo que había sido la cuna del comunismo mientras bajabamos las escaleras mecánicas del centro comercial. Elena sugirió que era lógico que la cuna del comunismo se haya convertido en su tumba.