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La Coctelera

Guinea-Conakry (Nuakchott III)

El coche se para y le indico por la ventanilla si conoce “Îlot K”, me responde afirmativamente y me subo al taxi. El chofer me saluda, es el mismo que me llevó en un trayecto hacía un par de días. Me pregunta si me lleva al mismo sitio donde me recogió la última vez.

Avanzamos por la Avenida Nasser y me pregunta si soy francés. Sonríe abiertamente cuando le contesto que vengo de España y me dice que él quiere ir a España, que va a pedir un visado para ir.

No digo nada. Él continua, dice que le gusta mucho España y que está deseando viajar allá. Le pregunto de donde viene él. Guinea, me contesta.

¿Guinea-Conakry?, le pregunto, responde que si.

Le comento que tendrá que aprender castellano si quiere ir a España. Me dice que va a empezar a ir a clases por las tardes, cuando deja el taxi.

Me pregunta si estoy casado. Le respondo que no, que en España nos casamos más tarde y que a veces ni nos casamos. El sonríe. Le pregunto si está casado, me responde que no, que aún no tiene el dinero suficiente.

Llegamos a la puerta de mi casa. Me pregunta mi nombre, me dice el suyo pero como la mayoría de los nombres aquí no logro recordarlo.

- ¡ Hasta la próxima! – exclama por la ventanilla del taxi.

Senegal (Nuakchott II)

El río Senegal hace de frontera entre Mauritania y Senegal. Rosso es la última localidad mauritana antes de pasar la frontera.

Al llegar a Rosso. unas 20 personas nos rodean ofreciéndonos cambio, taxis o señalándonos el camino a seguir hasta la aduana. Tomas encuentra a un mauritano cuyo contacto le ha pasado el chofer de su empresa. Le damos los ocho pasaportes y se encarga de llevarlos al puesto de policía de la aduana. Mientras esperamos nos siguen ofreciendo taxis, barcos, comida, agua, té, ayuda, conversación o simplemente miradas distantes. Recuerdo lo que me contaba Cecilia sobre el raro ambiente de Rosso.

Casi una hora después nos devuelven los pasaportes. Susana intenta discutir el precio para atravesar el río en canoa. Le parece caro pero acepta 2000 Ouguiyas para llevarnos a los ocho.

Cruzamos el río Senegal. Alguien comenta que una conocida lo atravesó nadando.

Al llegar a la orilla senegalesa aparece un nuevo comité de personas ofreciéndonos cambio, taxis, ayuda y/o conversación nos recibe al bajar de la canoa. Preguntamos en un supuesto puesto de policía donde hay que llevar los pasaportes. Un policía me mira y me pregunta - ¿ Sarkozy? -, le miro sin saber que decir, el insiste - ¿Sarkozy? -. Contesto dubitativo – Non, Espagne…-. El policía sonríe y coge los pasaportes respondiendo – C’est bon alors -.

Una media hora después de hacer cola un policía va a tomar los datos de nuestros pasaportes en un libro. Cuenta el número de pasaportes y revisa los datos del libro. Nos dice que tiene que hacer las estadísticas y que luego volverá a ponerse con nuestros pasaportes.

Pasamos la aduana y nos adentramos en la calle que sale del puerto. Buscamos dos taxis para ir hasta Saint Louis.

Al grupo de gente que nos acompaña desde el puerto se unen nuevos a contarnos diferentes historias u opciones para ir a Saint Louis. Empezamos a agobiarnos. Preguntamos a algunos taxistas y muchos nos dicen que primero tienen que llevarnos a la estación de autobuses y luego desde allí a Saint Louis. Un chico con una gorra nos insiste que él nos llevará hasta la ciudad en el coche de un conocido pero primero tenemos que cambiar el dinero en Francos CFA.

Cambiamos el dinero a un señor sentado en una silla de plástico.

El chico de la gorra nos indica que le sigamos. Vamos andando por la carretera alejándonos del puerto. A los dos lados de la ruta hay muchas chabolas y casas.

Marga opina que no deberíamos seguir. No sabemos donde vamos y nos estamos alejando del puerto. El chico de la gorra dice que le esperamos que el regresa con el coche.

Nos quedamos en mitad de la carretera. Un señor que trabaja con una pala delante de su casa nos saluda. Le preguntamos como hacer para ir a Saint Louis. El señor mira hacía la carretera y para una furgoneta con tres chicos sentados delante. Habla con el conductor y dice que por 100 francos nos llevan a la estación de autobuses. Nos montamos.

En la estación de autobuses no hay autobuses. Hay miles de personas que nos ofrecen taxis, furgonetas y nos explican muchas cosas que no entendemos porque hablan todos a la vez.

Aparece el chico de la gorra con un coche de siete plazas. Cuando vamos a montarnos el resto de gente nos grita (o más bien hablan de una forma que parece que gritan) que no podemos montarnos los ocho en ese coche ya que no nos dejarán pasar por los controles de la policía.

Varias mujeres y niñas insisten en vendernos botellas de agua y refrescos.

Finalmente nos montamos en una furgoneta de transporte común llena de gente. Nos hacen espacio y casi nos montan ellos mismos ya que llevaban mucho tiempo esperando para salir (luego nos enteramos que llevaban horas para esperar que se llenara de gente y poder salir).

Cuando estamos saliendo de la estación un policía nos para y va pidiendo la documentación a todo el mundo. El chico de la gorra del puerto se acerca a pedirnos dinero por la ventanilla.

La furgoneta vuelve a ponerse en marcha. A menos de un kilómetro de trayecto primer control policial de los muchos que nos esperan hasta Saint Louis. La señora que se sienta al lado de Belén esconde una bolsa entre Tomas y Susana.

La policía nos hace bajar y revisa nuestras maletas.

Seguimos nuestro camino. La señora explica que en la bolsa hay azúcar, mucho más barato en Rosso que en St. Louis y por eso está prohibido llevarlo de una ciudad a otra.

Tras tres horas agotadoras de viaje y controles policiales llegamos a Saint Louis.

Casablanca (Nuakchott I)

Colocamos las maletas en la cinta del mostrador de facturación de Royal Air Maroc en la T4. La empleada, sinlevantar la vista de la pantalla, nos indica que bajemos una de las maletas. Continuó mirando la pantalla.
- " Tienes conexión, ¿no?", me pregunta mientra continúa observando su ordenador.
- "Te has enterado ya del retraso, ¿no?", esta vez levanta la vista de la pantalla y me observa.
- "No", contesto.
- " El vuelo a Casablanca tiene un retraso de 3 horas. Por lo tanto no llegas para la conexión a Nuakchott. Tendrás que pasar la noche en Casablanca en un hotel facilitado por la compañía."

El hotel Atlas está a unos diez minutos del aeropuerto Mohammed V de Casablanca. Mi habitación tiene dos camas y unas vistas a la piscina y al espacio semidesértico que rodea en al menos 10 kilómetros a la redonda al hotel.
Carmen me comenta que bajará a las 9h30 al desayuno. Se despide y entra en su habitación. Sonrio al recordar la historia que contó en el aeropuerto sobre la piscina inflable que le lleva a su nieto en Nuakchott.
Estoy tan cansado que no puedo dormir.

1937 (MOscú IV)

La cola de gente llegaba hasta el monumento a los soldados caídos en la Segunda Guerra Mundial. Me coloqué entre un grupo de coreanos y un grupo de niños con dos profesoras.

Antonio y Karina aparecen uno minutos más tarde. Karina dice que nos esperará fuera mientras compra las entradas del Kremlin, ella no tiene interés en ver a Lenin.

Una hora más tarde Antonio y yo seguimos en la cola. El colegio de niños desiste y las profesoras se los llevan. Los coreanos se ponen nerviosos. Los policías de la entrada dejan pasar a guías que ofrecen a los turistas entrar sin tener que esperar pagando entre 500 o 1000 rublos. La corrupción presente en cada esquina.

Se acercan un grupo de 20 ancianos con banderas soviéticas y retratos de Lenin. Llevan un radio cassette con canciones de la guerra. Los policías les dejan pasar y se colocan delante del Mausoleo de Lenin cantando y levantando el retrato del lider comunista.

Han pasado dos horas. Se acerca la hora del cierre del Mausoleo. Los que quedemos en la cola nos agolpamos ante los policías. Nos dejan pasar con el grupo de coreanos. Una guía les indica en inglés que pasen juntos el detector de metales. Le contesto a la guía que tengo que pasar yo también. La guía me contesta que su grupo iba antes. Le grito “I DONT CARE”. El policía nos mira. Una señora coreana me empuja y pasa el detector.

Logro pasar y me reuno con Antonio. Cruzamos la Plaza Roja hacía el Mausoleo. Adelantamos a los coreanos. Al pasar me acerco a la señora coreana y le digo en castellano: “Es usted una gilipollas”. Le señora me mira extrañada.

Pasamos delante del grupo de ancianos que continúan cantando delante del Mausoleo. Entramos y un policía nos indica que guardemos silencio. Bajamos una escalera y entramos en la sala. Todo está completamente oscuro excepto la vitrina con la momia de Lenin iluminada desde el techo. Otro policía nos indica que no podemos pararnos. Rodeamos la vitrina. Me doy cuenta que en cada esquina hay un policía. Antonio camina detrás mia intentando no caerse en la oscuridad. Hace mucho frío en ese lugar.

La momia de Lenin parece como reducida del tamaño real. También puede ser que Lenin fuera muy pequeño, pero no parece ya que la cabeza estaría desproporcionada respecto al cuerpo. Sorprende la pálidez del cuerpo, demasiado blanco para tener un aspecto humano.

Salimos deslumbrados por el intenso sol. Los ancianos leninistas han abandonado la Plaza Roja. Rodeamos el Mausoleo y vemos las tumbas de algunos dirigentes soviéticos, incluido Stalin.

Nos encontramos con Karina y nos dirigimos al Kremlin.

Cerca de las cuatro andamos hasta el Centro Español. La becaria de la Embajada me comentó que este sábado había una fiesta andaluza en el Centro Español de Moscú, asociación fundada por los niños de la guerra que viven en Rusia.

Después de preguntar por todos sitios encontramos la entrada al centro. Un señor nos invita a pasar al salón de actos donde un grupo de mujeres canta una jota. El señor se presenta, se llama Enrique y es el secretario del Centro. Nos presenta a Andrei, un chico ruso que aprende castellano en el centro. Nos sentamos. En el escenario hay una foto de los reyes y la bandera de Extremadura. Enrique nos comenta que es una fiesta de Andalucía y Extremadura. Salen un grupo de chicas y bailan sevillanas. El coro de mujeres canta dirigidas por un señor mayor que se sitúa delante del escenario.

Enrique nos pregunta que hacemos en Moscú. Parece contento con que hayamos visitado el centro. Nos explica que las mujeres del coro, los jóvenes que bailan y la mayoría del público son la segunda o tercera generación de los niños de la guerra. Hijos y nietos que se reunen en el centro péridicamente. Antonio le pregunta si hay algún “niño de la guerra” hoy en la sala, Enrique alza la vista y señala la señor mayor que dirige al coro, “si, Luis, el que está con el coro”.

Terminan de cantar y recogen las sillas. Enrique nos dice que nos quedemos a comer algo. Andrei viene a hablar con nosotros. Está interesado en conocer a españoles que vivan en Moscú para practicar el idioma.


Varias mujeres preparan una mesa con comida y se sientan unas 20 personas en ella. Parecen de la misma familia. Todos hablan en ruso.

Andrei nos presenta a Mijail un chico ruso que habla español. Dice que lo ha aprendido por su cuenta. Es la primera vez que viene al centro.

Una mujer muy grande se sube al escenario y comienza a cantar algo en ruso. Los de la mesa comienzan a aplaudir.

Me acerco a Luis, aprovechando un momento que se queda solo. Me presento y le pregunto si lleva mucho tiempo en Moscú. Me sonríe y dice que sí. En pocos minutos me habla de la guerra civil en España, de un barco que los llevó de Francia a San Petersburgo, de los bombardeos de los alemanes, de la Segunda Guerra Mundial, del hambre durante la época de Stalin y de las vacaciones en Málaga del mes pasado organizadas por el Imserso.

Llegaron a la Unión soviética cerca de 3000 niños hijos de combatientes y personalidades del bando republicano. Luis me comenta que actualmente quedan unos 200 en Rusia. Muchos volvieron a España pero otros decidieron quedarse. Le pregunto en que año llegó él a Rusia, “ en 1937”. Me sonríe y me indica que tiene que ayudar al coro.

Mijail se sube al escenario con una guitarra y comienza a cantar “Bésame Mucho”. El público le aplaude con entusiasmo.

VDNK (MOscú III)

En ruso se escribe VDNKH ( Vystavka Dostizheni Narodgono Khozyaystva) y según la guía sobre Rusia significa Centro
de Exposiciones de toda Rusia. Describiéndolo como “lugar que mejor resume el auge y el declive del sueño soviético”. Creado en los años 30 el VDNK se desarrolló entre 1950 y 1970 para mostrar al mundo los éxitos de la Unión Soviética en un parque de 2 km de
longitud de amplias avenidas e imponentes pabellones temáticos sobre cada uno de los aspectos del entramado socialista.

Un enorme palacio precede a una fuente con quince estatuas de mujeres en oro. Artyum me explica que cada mujer representa
a cada una de las repúblicas de la antigua Unión Soviética.

Las avenidas están repletas de gente joven en bicicleta y patines. Se alguilan por 100 rublos la hora. Hace calor; más de treinta grados durante el fin de semana.

El pabellón de Armenia me impresiona. Enormes dimensiones y estilo arquitectónico único. Le pregunto a Artyum porque hay atracciones de feria entre los pabellones. No sabe la respuesta ni entiende mi pregunta. Insisto. Entre los pabellones de Armenia y Kazajstán discurre algo equivalente al tren de la bruja.

El pabellón de Ucrania es aún más impresionante. Al acercarnos compruebo que en la planta baja hay un restaurante Karaoke. Un chico canta algo en ruso con un micrófono y una chica baila encima de una mesa de playa de coca-cola. No puedo creer que el antigua pabellón de Ucrania, para mí obra cumbre de la arquitectura, se haya convertido en un bar karaoke. Le comento a Artyum lo extraño que me parece, él comenta algo de la canción que canta el chico del karaoke.

En el pabellón de Bielorrusia hay un restaurante Kebab y en el de la electrónica han aprovechado el nombre para abrir una tienda de electromésticos. Por 3000 rublos puedes comprar una televisión.

Vuelvo a releer mi guía. “ El VDNK fue una de las primeras víctimas cuando el poder finalmente admitió el desastre de la economía soviética y hacia 1999 se quedó sin financiación. Hoy día es un centro comercial”. Hace gracia lo de quedarse sin financiación.


Me quedo indignado y propongo salir a ver el museo del cosmos. Artyum se da cuenta y me comenta que muchos extranjeros se
quejan de cómo se usan algunos edificios y espacios públicos en Rusia. La conversación deriva sobre el veto a los productos estonios promovido por el gobierno ruso tras la retirada de la estatua del soldado soviético en Tallín. Artyum cree que los estonios no han agradecido a los rusos que los salvaran de la segunda guerra mundial. Le respondo que los rusos parece que no se han enterado que el resto del mundo le importa ya poco lo que haga Rusia.

Se crea un ambiente de tensión durante varios minutos.

El museo del Cosmos tienen un gran obelisco coronado por un cohete espacial de piedra. En la puerta hay un cartel que anuncia que el museo está cerrado por obras en el metro.

Estoy cansado. Antes de irme al metro comento que tampoco me parece bien como el gobierno estonio ha tratado a la minoría rusa que vive en Estonia. Artyum me indica la entrada el metro.

Katyuska (Moscú II)

El 9 de Mayo es la fiesta de la Victoria en Rusia. Celebran la victoria contra los alemanes en el periodo 1941-1945. Moscú estaba repleto de carteles y anuncios de esta celebración. En los inmensos edificios de la calle Nuevo Arbat habían colgado unos paneles gigantes con el cartel del acontecimiento anual.

Por la mañana hubo una parada militar en el centro pero este estuvo cerrado al público hasta la tarde. Sólo podía verse por televisión como el ejército ruso desfilaba por la plaza roja delante del presidente Putin.

A las 6 de la tarde fuimos al Parque de la Victoria. Al salir del Metro vimos una gran esplanada con un escenario al final donde cantaban grupos rusos. Dimos una vuelta al parque. Está prohibida la venta de alcohol en moscú durante todo el día. Las autoridades intentan que la jornada sea pacífica. A las 8 nos encontramos con Antonio y Karina. Han comprado una bandera de Rusia. El lugar está lleno de gente vendiendo banderas. Antonio me comenta que ha visto varias personas con la bandera de la Unión soviética. Pedro y Elena regresan al metro a buscar a Kira.

Cada vez hay más gente, más banderas y aunque no se vende alcohol cada vez es más evidente que mucha gente lo ha bebido. Compramos un vaso de un tipo de cerveza de Malta casi sin alcohol.

Nos acercamos al escenario. Llamamos a Pedro, hay demasiada gente en el metro, imposible encontrar a Kira y regresan a la residencia. Antonio y Karina se abrazan. Comienzan a entonar una canción en el escenario y la gente lanza un tímido grito de emoción. Karina nos avisa que están cantando “Katyuska”, una de las canciones más conocidas en Rusia. La melodía nos resulta muy familiar a Antonio y a mí, es la canción que escuchas y siempre relacionas con Rusia. La gente empieza a entonarla y se nota un ambiente de emoción en todo el parque.

Le indico a Antonio que delante nuestra hay un hombre con tres globos azules con la cara de Putin, Karina dice que es un seguidor del Presidente.

El parque entero canta Katyuska. Karina nos explica que la letra de la canción habla de una chica que espera a novio, soldado durante la segunda guerra mundial en el frente europeo, pero que él nunca regresa. Se escucha mucha gente gritando “R-U-S-I-A, R-U-S-I-A”. Impresiona. Comienzan los fuegos articiales, son las diez de la noche y aún siguen entonando Katyuska en el escenario. Con los fuegos los gritos a favor de Rusia y las banderas se hacen más presentes. La situación empieza a parecerme un poco surrealista.

A los veinte minutos acaban los fuegos, una marea de personas y banderas rusas nos dirigimos hacía el metro. Karina nos explica que denominan “Guerra Patriotica” a la guerra entre Alemania y la Unión Soviética entre 1941 y 1945, por eso la celebración de la fiesta ese día. Antonio y yo le debatimos que más que guerra patriótica es la segunda guerra mundial a la que se refieren. Karia insiste en la denominación de guerra patriótica para ese conflicto concreto.

La parada de metro está cerrada, hay demasiada gente, decidimos ir andando a la siguiente estación. Miles de personas nos acompañan y ocupan los más de seis carriles de la Avenida que lleva desde el parque hasta el centro de Moscú. Grupos de rusos continuan cantando Katyuska y gritando “R-U-S-I-A, R-U-S-I-A”.

Alcanzamos la siguiente estación de metro. Hay muchísima gente agolpada en la entrada, donde varios policias impiden la entrada. Antonio y Karina deciden esperar que haya menos gente y se despiden. Me dirigo hacia la entrada rodeando a la gente agolpada. La policía grita algo de vez en cuando. No entiendo nada y me doy cuenta que sin Karina la situación se complica. Cada vez más gente empuja en la entrada del metro. Decido salir y buscar un taxi. Me queda una hora para llegar antes del cierre de la residencia a la doce.

Encuentro a Antonio y Karina debajo de una farola, les explico la situación y les ofrezco a venir conmigo en un taxi hasta Park Culture. Antonio señala la avenida repleta de gente andando hacia el centro y comenta que va a ser imposible coger un taxi. Decidimos andar hasta otra estación de metro de la línea circular.

Andamos durante media por unas calles oscuras de Moscú. Karina se orienta con los planos de Moscú de mi guía de Rusia.

Al llegar a la otra estación de metro la policía también impide el paso. Los alrededores están también llenos de gente a pesar que estamos a más de media hora andando del Parque de la Victoria. La gente contínua empujando y sobrepasan a la policía a caballo que está delante de la puerta del metro. Aprovechamos, Karina y Antonio se pegan a mí y entramos casi a volandas en el metro. Corremos por los pasillos. La gente parece que anda desorientada. Antonio comenta lo increíble que es la situación.

Conseguimos entrar en uno de los vagones del metro. Llegamos a Park Culture en diez minutos. Son las doce menos cinco. Antonio decide irse a dormir a casa de Karina y continuan en el metro. Me despido y le agradezco a Karina la ayuda. Ella comenta que es el primer año que había salido a la calle el día de la Victoria y que probablemente será el último.

Salgo corriendo del metro. Llego a la residencia con varios minutos de margen. En mi habitación estánlos demás hablando sobre algo del Consulado. Me tumbo en mi cama exhausto y casi sin respiración. Kira me cuenta como un tipo muy borracho en el metro le gritaba “¡Amerikaniski!”.

Cierro los ojos. Los demás se rien de algo que comenta Pedro y deciden abrir otra cerveza. Me imagino a Katyuska en una de esas ciudades rusas cercanas a los Urales que crecieron con los planes quinquenales de Lenin. La imagino esperando al soldado que nunca llegó.

Alquien comenta que Rafa se ha quedado dormido.

La Tumba (Moscú-I)

El avión era de una compañía rusa, con dos plantas y muchas azafatas con un simbólico nivel de inglés que nos prevenía del contexto lingüístico que nos esperaba. Durante el vuelo, Kira me record aquella recepción en la Embajada de España en Nueva York donde surgió la posibilidad de ir a Moscú.

Llegamos con cierto retraso. Las maletas fueron saliendo a la media hora. Jose Antonio había conocido a unas rusas por internet que habían alquilado un minibús para transportarnos a la residencia. La maleta de Oier no apareció. Unas chicas rusas que conocimos en el avión nos indicaron que había que rellenar un
formulario para que la mandaran si aparecía. César y Pedro se quedaron con Oier para realizar los trámites y yo salí para encontrarme con los otros.

Una chica rusa nos acompañó a la salida del aeropuerto. En un par de segundos nos encontramos en una especie de aparcamiento con todas las maletas, miles de rusos andando hacia todas partes y una lluvia intensa. La chica rusa nos indicó que el minibus nos esperaba desde hacía una hora y que el conductor estaba enfadado. Lo encontramos en una autovía cercana y nos dirigimos hacía la residencia. El viaje duró más de media hora entre un espeso bosque hasta el centro de Moscú.

La residencia es un edificio oscuro, por dentro y por fuera. Una señora muy grande comienza a hablarnos en ruso. Nadie entiende nada. Nos hace firmar unos papeles en ruso. Habla durante más de quince minutos sobre cosas que suponemos son de la residencia. Al rato nos indicacomo llegar a las habitaciones. Los pasillos tienen peor pinta que laentrada. Y las habitaciones peor pinta que los pasillos. De tamaño están bien pero la última reforma debió hacerseantes de Gorbachov. Hay un baño a compartir cada dos habitaciones. La cocina común para el pasillo. Kira se queja a

la señora enorme que su cama está llena de manchas. La
señora se rie.

Cerca de la una, Oier y el resto llegan del aeropuerto. Han estado a punto de perder el último tren. Pero una de las chicas rusas que Jose Antonio conoció por internet les acompañó hasta la
residencia.

Sobre las 2 de la mañana nos vamos a dormir. El sistema de calefacción de la residencia es bueno, duermo sin mantas.

La plaza roja es más pequeña de lo que creía. La catedral de San Basilio impresiona. Entre el Kremlin, San Basilio y el Mausoleo de Lenin hay un centro comercial de varias plantas y todo tipo de tiendas. Andamos hasta la plaza de la revolución, hacía frío y
decidimos ir a comer algo. Otro centro comercial de tres plantas
subterráneo a lo largo de la plaza con todas las tiendas y
cadenas de restaurantes occidentales conviven en el subsuelo del
Kremlin.

José Antonio se lamentaba de tal demostración de consumismo en lo que había sido la cuna del comunismo mientras bajabamos las escaleras mecánicas del centro comercial. Elena sugirió que era lógico que la cuna del comunismo se haya convertido en su tumba.

Vivir fuera del espacio Schengen

Le escribí un correo a mi jefe advirtiéndole que al día siguiente estaría ausente por la mañana de la oficina ya que tenía que resolver el tema de mi visado para las prácticas que expiraba ese mismo viernes 3 de Noviembre. Fecha en la que supuestamente debería estar de regreso a Europa sino hubiera decidido prolongar mis prácticas en la ONU.

Estaría ausente por la mañana y por la tarde. El autobús sale a las 13h30 de la estación de autobuses Port Authority de Nueva York. Llego con tiempo para encontrar un sitio en Times Square donde comprar periódicos españoles para leer durante el viaje. Un trozo de pizza y dentro. El chofer comprueba los pasaportes antes que subamos.

Soy el único blanco que viaja en el bus.

Tres horas de recorrido por el Estado de Nueva York. Parada de descanso en una estación de servicio. Dentro hay un Dunking Donuts y un Starbucks. Exactamente igual que en cada esquina de Manhatan.

Una hora más tarde llegamos a la frontera canadiense. Nos bajamos todos del bus y pasamos por el control aduanero. El policía canadiense me saluda y me pregunta en francés por mi pasaporte. Advierte que mi visado de becario en Estados Unidos acaba ese mismo día y me pregunta si tengo pensado regresar a Nueva York. Le contestó que sólo voy a pasar el fin de semana en Montreal. Hace una llamada y explica en francés a alguien la situación:

“ Un espagnol avec une visa B1 en expirant aujourd’hui qui rentre aux États-Unis dimanche”

Me dice que me siente. Tengo que hablar con otro agente. A los pocos minutos me avisan desde otra ventanilla. Un nuevo agente me saluda. Revisa mi pasaporte. Me explica en francés que voy a tener problemas para volver a entrar en Estados Unidos. Debería tener un billete de avión con una fecha de salida de los EE.UU. anterior al 29 de Noviembre.

Sigue preguntándome a que me dedico, que estudio, donde y que es Andalucía. Me pregunta si tengo dinero para regresar a España desde Montreal.

Me replanteo si seguir con esto.

El agente me explica que no tiene problema para dejarme entrar en Canadá pero que tendré problemas para regresar a EEUU. Me pone un sello en el pasaporte.

Puedo estar en Canadá hasta Abril del 2007.

En el autobús me están esperando. El chofer me pregunta si todo está bien. Continuamos.

Montreal parece más grande de lo que creía. Llegamos 20 minutos antes de la hora esperada. Voy a cambiar los dólares estadounidenses a dólares canadienses. El acento francés que tienen los que quebequenses es muy gracioso. Alargan sorprendentemente las últimas sílabas de cada palabra.
Llamo por teléfono a Sebastián. Me explica como llegar a la parada de metro Outremont donde vive él. Me espera en la segunda parada del bus número 68 y me explica que el lleva un gorro negro y que “tiene pinta de latino” para que pueda reconocerlo.

Sebastián, como todos los colombianos que he conocido en los últimos años, me trata como si fuera un amigo que conoce de toda la vida. Vive en un apartamento con dos franceses y dos quebequenses anglófonos. Me gusta el sitio, me recuerda a mi casa de Paris pero mucho más grande y con menos acento catalán.
Uno de sus compañeros de piso francés está cocinando un tipo de pastel de manzana. Nos sentamos en la cocina. De una de las habitaciones sale una de las quebequenses y comenta la fiesta que habrá al día siguiente en el piso.

Los franceses me explican lo fácil que resulta obtener un permiso de trabajo en el Québec. Les cuento cuál es mi único objetivo de venir a Canadá.
Llevan varios meses en Montreal. Cuando entran a una tienda en la ciudad nunca saben si saludar en francés o en inglés.
Sebastián reconoce que tiene algunos problemas con el francés aún.

Les comento que en Nueva York, cuando entras en una tienda, no sabes si saludar en inglés o en español.

Sebastián propone salir. Ha quedado con unos amigos en un bar por Montreal.

Uno de los franceses se queda en el piso. Prefiere ver una película en casa. La quebequense le presta el DVD de “Las invasiones bárbaras”. Le comento que es una película muy buena.

En una calle de Montreal nos encontramos con Anabel, amiga de Sebastián y Víctor, estudiante mejicano en Montreal amigo de Anabel. Vamos a un bar a tomar una cerveza. Me recuerda a Europa. Las mesas son redondas y no hay ninguna pantalla gigante con partidos de béisbol.

Anabel me cuenta en un perfecto español los diferentes proyectos con la Universidad que ha realizado en Centroamérica y su año en Barcelona donde fue a hacer un Master que fue anulado por falta de alumnos.

Cuando terminamos la cerveza le pregunto por el Québec. Lo más cerca que estuvieron de la independencia fue en 1995 cuando el Sí consiguió el 49’6% de los votos. Ganó el No con el 51’4%. Ahora no cree que el Québec se independice, demasiadas manipulaciones políticas.

Los dos coincidimos en las diferencias con el resto del Canadá y con los Estados Unidos.

Antes de regresar a casa Anabel nos lleva a comer algo típico del Québec. Un plato de patatas fritas con una salsa. No está mal.

El sábado me levanté muy tarde. No había nadie en el piso sólo dos gatos durmiendo en el sofá. Salgo a pasear por Montreal. Hace mucho frío. El centro de la ciudad me recuerda más a Europa. Empieza a nevar.
Llamo a Sebastián por teléfono y quedamos enfrente de un cine en el centro. Me propone ir hacia el puerto. Sebastián se sorprende que no hay traído mi cámara de fotos y dice que si fuera colombiano ya habría tomado cientos de fotos.

Me cuenta que el primer día que llegó a Montreal su padre lo llevó a visitar toda la ciudad. No le gustó ya que hubiera preferido visitarla poco a poco. Dice que lo peor de vivir en Montreal es el frío invierno.

Hacía poco tiempo lo tenía todo preparado para que su novia colombiana viniese a Canadá con él. Pero la Embajada en Bogotá le denegó el visado después de varios meses de papeles, inscripciones, entrevistas, pago de la tarifa para el visado y un piso preparado para los dos en Montreal.

Regresamos andando al piso ya que el metro estaba parado durante una hora. Durante el camino me pregunta por lo que pasó con los árabes en España. A cambió me da una de las mejores explicaciones sobre la historia contemporánea de Colombia, incluyendo guerrilla y victoria de Uribe que había escuchado.

En el piso ya tienen preparado DJ en la cocina.

Anabel viene más tarde al piso que se llena de gente rápidamente y me comenta que todos son anglófonos.

Hasta hace poco tiempo en el Québec había colegios para francófonos y para anglófonos. Para entrar en cada uno de ellos había que tener ascendencia inglesa o francesa. En la actualidad no es necesario.

En la cocina unas 20 chicas bailan algo que creo que es hip-hop. La compañero de piso de Sebastián es la DJ. El salón está lleno de gente hablando inglés. Ni rastro de los gatos.

Hay un pequeño cuarto con un ordenador. Busco en internet vuelos de Montreal a Madrid. Muy caros. Mínimo 700 dólares sólo ida. No paro de pensar en el policía canadiense de la frontera y sus advertencia para entrar de nuevo en los EE.UU.

Anabel dice que no me preocupe que los europeos no tienen problemas. Le respondo que espero que el policía de la frontera sepa que España está en Europa. Le cuento la historia del estadounidense que una noche en el East Village me preguntó que idioma se habla en España.

A las 3 de la mañana llegan el hermano de Sebastián y su novia.

A las 5 me duermo literalmente en los rincones. Sebastián propone dejarme su cuarto para dormir, ellos se van al salón. Sebastián y su hermano tocan una guitarra y más gente canta alrededor. Cierran la puerta y me duermo en menos de un minuto.

Lo último que escuché era “Help” de Los Beatles.

En el autobús de regreso también vuelvo a ser el único blanco. Me muero de nervios por pasar por la frontera.

Nos hacen bajarnos a todos con nuestra documentación preparada. Un policía me pide el pasaporte. Me pregunta si hago prácticas al ver mi visado. Me da una cartulina verde en portugués para rellenar. Le pido una en español. Paso a una ventanilla y el funcionario me pregunta cuando regreso a España. Me pone un sello en el pasaporte hasta el 5 de Febrero de 2007.

El viaje de regreso a Nueva York se hizo muy largo. El autobús paró en High Falls y Albany.

Pienso en Europa y en la libre circulación de personas.

Schengen es una localidad de Luxemburgo de 500 habitantes en la frontera con Francia y Alemania.

El acuerdo de Schengen se firmó en 1985. El objetivo del acuerdo es la creación de una zona de libre circulación con la supresión de las fronteras comunes de los países firmantes. Mediante este acuerdo los estados suprimieron los controles de las fronteras comunes de la Unión europea.